Amo mi ciudad y estoy orgulloso de ella. Eso muchos lo saben, ¿pero de dónde me viene ese cariño? Podría ser que lo hubiera adquirido en esos viajes de fin de semana con la familia cuando salíamos a ciertos caminos y bajo los árboles pasábamos el día completo, y ya de noche regresábamos mirando las luces de la ciudad bajo un cielo oscuro y eterno como dándole una oportunidad de vida.
O también será que he escuchado cientos de historias contadas por mi padre, sus hermanos y amigos sobre esta misma ciudad cuando era más chica. Incluso ir más allá, leyendo las historias de cuando fue formada desde su pasado indígena.
Pero en realidad me doy cuenta que todo comenzó y se fue nutriendo en esas tardes cuando yo me sentaba a ver pasar la gente y el tiempo en el umbral de la fachada. Ir sintiendo el tiempo con la certeza de que había ahí algo de divino. Así, sin prisas y sin tareas, se va advirtiendo un sentimiento de satisfacción que no sé qué tiene que ver con el perdón ya sea dado, ya sea recibido. Luego va llegando la oscuridad entre los últimos reflejos lejanos con lo que las siluetas de casas e iglesias van demarcándose y evaporándose para la vista. Las estrellas aparecen de repente como burbujas celestes que casi podemos escuchar.
Entonces, ahí sentado, ante esa maravilla visible, va creciendo ese orgullo interno, personal y secreto por esta ciudad que me ha otorgado esas visiones desde las cuales pareciera que posteriormente el tiempo les hiciera cobrar sentido a partir de este centro y este instante.
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