sábado, 7 de abril de 2018

Bautizos

I
Ya todo ha pasado, la mujer mira al frente el cumplimiento de su destino: una vida práctica escasa de sueños. Resignada suspira y continúa. ¿Cuándo dijo adiós a los cantos, cuándo recitó su último verso? La fecha es sabida, pero ella la ignora y tampoco la desea. Guardo yo el dato, pero no me atrevo a gritárselo, sé que la alteraría de tal manera que volvería en ella el deseo de seguir escuchando mis palabras.

II
Tengo el poder de la resurrección de la imagen. Paso por el mundo dictando La Palabra, me he reconciliado con el canto. Voy de frente cultivando la poesía, esa disciplina de la que nadie solicita mi intermediación y así voy bautizando almas y conquistando territorios.

III
La solitaria tarea del bautismo en la palabra es ardua y me agota. Siento la responsabilidad del que busca sin esperanza y cuando encuentra algo de valor en aquellas palabras ya no le pertenecen. Soy de todos y me entrego irremediablemente. Entonces mi quehacer es el del sacrificio y mi felicidad es el encumbramiento de una efímera imagen que inicia la satisfacción de los otros.

IV
Tuve mi tiempo y mi consuelo en una fecha justa en la que me entregaron como única recompensa la erótica mirada de unos ojos cerrados, tal era el poder de mis besos en aquellas mujeres que probaban mis labios. El autoconocimiento sensible sólo era posible cuando miraban dentro de sí sintiendo el calor de mis manos y escuchando las incomprensibles palabras de mis deseos.

V
Es fue mi diálogo en el que hacía saber y yo a la vez conocía la envergadura de la imagen dicha que surgía y volaba desde un origen no sabido y con intenciones desconocidas. El ser puro que se despliega en el tiempo y que ha pedido permiso a mi cuerpo involuntario para ser la razón misma de su existencia. Ser y manifestación jamás se dieron de manera tan tangiblemente evaporada.

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